sábado, 1 de junio de 2013

CLIENTELISMO




Hace algunas horas de ha destapado el llamado escándalo de los exonerados, una situación anómala que ha venido ocurriendo al menos por unos 19 años, en síntesis se trata de un grupo bastante importantes de personas – se estiman unas 100.000, una ciudad mediana completa-, que reciben subsidio por ser exonerados políticos y nunca lo fueron.

No es mi norte discutir si corresponde o no este beneficio, si las políticas reparatorias estuvieron bien o mal, o si los organismos de control actuaron sin diligencia e hicieron vista gorda, esos no son más que hechos de la causa, algo pretérito, y quizás este tipo de anomalías se esté repitiendo en muchos de los planes de subsidios de todo tipo que han abordado los gobiernos democráticos en los últimos años, no lo sabemos, pero dada la evidencia disponible sobre este caso, podría ser este un tema recurrente.

El problema de fondo aquí, es lo que se llama el clientelismo político, este concepto no tiene color e ideología, se trata simplemente de favorecer a quienes nos favorecen, así, tú me das tu voto y yo te doy la ayuda, una suerte de intercambio de beneficios, un empate. Cuando hay un lado del espectro político que encuentra esta olla y la destapa, grita a todo pulmón la falta, luego, cuando es el otro lado el que descubre la transacción, el anterior calla y trata de quitarle perfil, intenta echarle tierra, es al fin y al cabo una actitud humana de auto-defensa ante lo que es evidentemente una mala práctica, un delito.

El clientelismo podemos entenderlo como una actitud, pero requiere de una estructura para funcionar. Según algunos autores como Javie Auyero de la Universidad de Texas, depende además de un tercer integrante aparte del llamado patrón y el beneficiario-cliente, se trata del mediador, o el que intercambia información y contactos entre una y otra parte, parece ser que en este caso el mediador no es una persona, son varios legisladores.

La relación es asimétrica, y termina sin duda en una dominación de quien tienen más que dar o tienen más capital, en consecuencia, el clientelismo es la puerta de entrada al servilismo, a la dependencia, a la pérdida de dignidad. Así, cada vez que vemos a nuestros poderes públicos que con buenas intensiones generan programas de ayuda a un colectivo en particular, hay un riesgo, y aún cuando se tomen algunos resguardos se está sujeto a que aparezca el clientelismo como parte del sistema, la razón es básica, se puede explicar por la ambición, unos quieren permanecer en el poder y los otros descubren que tienen algo que vender.

El clientelismo se puede dar en muchos escenarios, pero es una obligación ir acotando sus posibilidades y quizás haya que preocuparse preferentemente por aquellos programas extraordinarios , aquellos programas similares al de los exonerados, que como se ha visto, ha causado mayor indignación entre los propios y reales beneficiarios ante la gran cantidad de “invitados”. Desarrollar una estrategia para evitar este tipo de injusticias en mi opinión pasa por al menos tres tipos de mecanismos que deben ser implementados en cada caso.

1.- Trasparencia total : hacerlo todo trasparente, informado y sin recovecos , y por supuesto con los datos verídicos, de manera que cualquier hijo de vecino, colectivo o aún, los propios beneficiarios puedan hacer chequeos permanentes y cuando lo estimen conveniente denunciar indicios de aprovechamiento, es decir la fiscalización permanente.

2.- Tiempos acotados : quizás alguien piense que tiene mérito para recibir durante toda una vida un beneficio porque el daño es muy grande, pero eso a mi juicio no es posible, el Estado que somos cada uno de nosotros no puede llevar cargas permanentes generación tras generación por problemas o circunstancias ocurridas en tiempos pasados, pienso que no es posible subvencionar la vida de una personas con cargo a cada uno de nosotros y de nuestro hijos, en consecuencia resulta mejor evaluar bien el daño y ajustar el pago en unidades de tiempo y acotado, y si no se tienen los recursos resulta en una actitud irresponsables abordarlo, habrán otros beneficios. Me parece que siempre debe haber un tiempo de término, un tiempo de cierre, cuando las facilidades se dan durante mucho tiempo, otros piensan que es un derecho.

3.- Cuerpo colegiado: Mi pensamiento sobre este tema es igual a lo que pienso en el caso de los tribunales ordinarios de justicia en primera instancia o de garantías, me parece dictatorial e absolutista que en cada tribunal sólo encontremos a un sólo juez, es decir, se actúa como un robot imponiendo algo que está escrito y con los datos que puede una persona procesar en forma arbitraria, o se actúa con criterio ante las miles de variables que puedan existir. Para que haya criterio y evaluación se requieren al menos tres personas, es al fin y al cabo una valoración heurística. Aquí debe haber algo similar, un organismo colegiado, un grupo de personas capacitadas y que representen diversas corrientes de opinión o sensibilidades las que actúen como juez, y que cada caso tenga un expediente de mérito. En el caso contrario, si estas responsabilidades caen en un sólo individuo, por muy alta que sea su investidura, el clientelismo está servido.

Es evidente que por muy bien diseñados que sean los mecanismos que resguardan estos procesos, siempre se pueden saltar, ser burlados, al fin y al cabo tenemos un cerebro fabuloso y cierta tendencia a hacer el camino corto, a tomar el atajo. Quizás no sea mala idea volver al principio de todo, a la niñez e insistir allí sobre un principio fundamental “No tomes lo que no es tuyo”... en síntesis, no robes.

viernes, 12 de abril de 2013

APÁTICOS





Hoy realicé un trámite administrativo en un organismo fiscal, me enfrenté primero a la secretaria quien me trató en forma bastante fría, apática, luego pasé a hablar con el funcionario a cargo del trámite en cuestión y todo cambió, un caluroso apretón de manos, una amable sonrisa en todo momento, agilidad, ayuda , y sobre todo una brevísima tramitación, salí airoso del trámite y con un “gracias, muchas gracias”. Según mi experiencia de muchos años tramitando asuntos, no sólo ante el aparato público, también ante organismos privados me he dado cuenta que el trato es absolutamente opuesto a lo que me ocurrió hoy, pero lo que me ocurrió hoy yo ya lo esperaba, no era nada nuevo, el funcionario amable era un viejo conocido mío.

La situación normal es al revés, el trato frio, distante, algo robotizado es la norma, es decir somos un conglomerado viviendo juntos pero apáticos. La apatía funcionaria se ha asentado en el país y ha inoculado a miles de personas, personas que en otros ámbitos son amables, consideradas y en general empáticas con su entorno.

Tengo la sensación que este tipo de conducta avanza en forma descontrolada y probablemente tiene miles de cara, por ejemplo el o la funcionaria que tranquilamente hace trabajo interno mientras los usuario esperan, o el otro funcionario que conversa como le ha ido a su hijo, o quizás aquel que no puede dejar de hablar por teléfono, o el funcionario que sale “ a terreno” y no vuelve a su puesto de trabajo aún cuando una fila de proporciones lo espera, la situación final es la apatía, es decir, me importa un bledo tu tiempo, tus problemas , tú mismo me importas un bledo.

La apatía es la falta de motivación o entusiasmo, es la indiferencia como norma, es un estado de alejamiento de lo que ocurre, el no involucrarse. Podríamos pensar que se trata de una estrategia de sobrevivencia en tiempos complejos, llenos de conflictos, tiempos en que nos apabullan los problemas, y quizás esa idea, el exceso de problemas no esté pasando la cuenta.

Hay conflictos por todos lados, en todos los ámbitos el conflicto esta desatado, en todos los escenarios en que nos movemos enfrentamos problemas, entonces la solución pareciera ser enfriarse, irse, alejarse aunque sea solo mentalmente para no involucrarse y así resistir aunque sea un poco más antes de tirar la toalla.

No sé qué país estamos construyendo, en general no me compro los discursos políticos y no creo un ápice en los modelos de desarrollo, pero tengo confianza que aunque sea a costalazo algo aprendemos, algo avanzamos, pero al mismo tiempo parece que algo malo estamos construyendo en esta sociedad de derechos de la que somos parte, parece que hemos olvidado la buena voluntad, el dialogo, la buena onda, y por el contrario hemos abierto las puertas de par en par al conflicto.

La etapa siguiente podría ser la judicialización de todo mal entendido, de todo conflicto, de toda contrariedad, es decir llevar a otros a tribunales porque te miran feo. Aparte de dar a los abogados pingues ganancias tendremos una sociedad de intratable, un colectivo de hipersensibles.

La apatía es un síntoma preocupante y sería un buen ejercicio intentar mutarla en sentido contrario, quizás así, con una sonrisa, un trato amable, con empatía, podamos ir desactivando las bombas internas de cada compatriota y con ello alejarnos algo del conflicto, de la idiotez... de la sombra del odio.

miércoles, 30 de enero de 2013

¿PODEMOS CAMBIAR ESTO?





Miraba hace unos días un reportaje especial sobre “robos hormiga” y pensaba entre otras ideas, ¿podemos cambiar esto?. Personas solas o en grupo, en apariencia clientes entran en las multi-tiendas, supermercado y otras superficies comerciales e introducen entre sus ropas, o camuflan todo tipo de mercancías que retiran solapadamente pasando a formar parte de sus bienes.

Atrapado uno de los sujetos en plena “faena”, me llamó la atención las defensa argumental que este ofrecía a unos tipos más o menos corpulentos disfrazados de guardias, algo así como “ chhhh, que le ponís tanto si yo también salgo a “traaajar” igual que tuuuu”. Estas palabras definen (probablemente) en toda su falsa construcción unas ideas que vistos en un contexto de cambio social, debería ser una preocupación fundamental. El “trabajo” consiste en adquirir mercadería para la “venta”.

“Robar para vender”, esa es la relación directa, la ecuación, y si la descomponemos quitando la palabra “vender” quizás la ecuación empezaría a complicarse. Algo pasa con una parte no menor de la población nacional que no ha superado algunos lastres que encontramos descritos en la historia nacional, y que ya cumplen los dos siglos de vida en su versión nacional. Escritores de finales del siglo XVIII e inicios del siglo pasado graficaban, por ejemplo, las andanzas de asaltantes y grupos de bandoleros que azotaban grandes zonas del sur de Chile, el asalto a mano armada, el robo y el pillaje se encuentran documentadas en todo tipo de crónicas. Chile en ciertas zonas era un país peligroso y aquellos bandidos no eran Robín Hood o coleccionistas de especies, su objetivo final era transformar objetos valiosos en dinero y siempre había personas dispuesta a hacer el cambio.

La historia continúa, y hoy a pesar de colocar todo tipo de artilugios disuasivos, barreras físicas, guardias y aún con la propia defensa de las víctimas, el hurto (como en el caso de las grandes tiendas, supermercados y otros) y el robo en sus muchas formas nos acompañan en la complicada construcción de un país mejor, porque está a la vista que en muchos otros indicadores alcanzamos niveles de país desarrollado, sin embargo los números de estos indicadores direccionan la flecha del desarrollo hacia el suelo.

Quizás muchos hayan visto también reportajes en que “lanzas” chilenos que “trabajan” en el extranjero envían a sus familiares el producto de su labor en tierra lejanas, se trata de gente “responsable” que se preocupa de sus seres queridos enviando mercadería para vender y así obtener su sustento diario y quizás la educación de los niños.

Vender, este verbo a mi juicio es el centro de toda la problemática, todo robo, todo producto de una acción delictual en realidad no se hace para ser parte de una colección, o para ser entregado a las hermanitas de los pobres, se trata de obtener objetos y valores para vender y obtener dinero.

Es curioso como en esta parte de la problemática se comportan nuestros compatriotas, a veces con dolorosas experiencias de robo de sus propias especies, muchos no dudan en comprar las “oportunidades” que son ofrecidas por personas que no conocen, o quizás sí conocen, porque esa relación una vez que se inicia no se rompe, quien “vende” en realidad conoce sus clientes y sobre todo mantiene su “clientela”, se trata de personas “laboriosas” que no paran sus actividades de venta de productos y además siempre hay “novedades”.

Algunas veces tiendo a especular ¿ qué pasaría si nadie comprara esto productos hurtados o robados?, ¿qué pasaría con ciertas áreas del comercio informal bastante conocidas, especialmente en Santiago donde se reducen cientos de productos proveniente de la delincuencia nacional y que son visitadas por todos?.

El papel ciudadano es un tanto ambiguo, por un lado se sufre el día a día del hurto, del robo, del robo con fuerza como el asalto, o el vulgar “cogoteo” para quitar celulares, relojes, cadenas y hasta zapatillas, y por el otro, parte importante de la sociedad no se cuestiona de donde vienen las oportunidades que está aprovechando, se sienten fuera de la cadena delictual, es decir limpios de polvo y paja.

En mi ciudad existe un periódico que circula normalmente en que cientos de productos son ofertados todas las semanas, prácticamente para todo lo que necesite en materia de electrónica, armar casa, practicar hobbies, especies valoradas como joyas y un cuanto hay, la pregunta que surge es ¿cuánto de ellos serán producto del hurto o del robo?, nadie lo sabe, pero una buena práctica para ir cortando esta cadena sería solicitar o exigir al vendedor el original de la factura donde lo compró, o quizás otro documento que podría ser interesante, una certificación.

Comprar un producto nuevo o usado puede ser una transacción legítima, una buena oportunidad y hasta una “salvada” cuando se requiere algo que no se encuentra en el mercado formal o este tiene valores prohibitivos. Un vendedor honrado normalmente guardará las facturas de adquisición original y quizás no sea problema demostrar el origen del producto en cuestión, pero podría darse un escenario diferente cuando por descuido perdemos las boletas y facturas.

Me parece que falta “algo” que certifique la procedencia del producto, que dé cuenta de que este es producto de una compra normal, o una adquisición válida y consecuente es posible vender en el mercado ya sea por necesidad, aburrimiento o sólo por el deseo de enajenarlo. Entiendo que algunas joyerías son fiscalizadas en este aspecto, pero ¿quién podría fiscalizar los cientos de vendedores que ofertan en el periódico de marras?.

Cambiar de chip interno respecto a este asunto podría hacer de este un país sensacional, quizás bajo el foco de los argumentos que expongo la mejor estrategia no esté en combatir frontalmente la delincuencia que se dedica al robo de especies, sino evitar que esta tenga mercado.

Mi visión sobre este asunto es que la delincuencia es un síntoma, la enfermedad, que parece seria, está radicada en cierta costumbre social que posibilita, o entrega licencia para adquirir productos sin preguntar de donde provienen, y por lo tanto no preocupa en lo más mínimo si quien vende tiene las certificaciones que lo acreditan como legitimo dueño.

Quizás el llamado sea entonces a todos mis compatriotas, o al menos a las víctimas que han sufrido robos de sus especies, que eviten que otra cadena de eventos se cierre y por lo tanto no compren productos robados, y aún más, que se lo transmitan a sus hijos.

Y.. ¿ el Estado?, al Estado le pediría que aumente las penas para quien compra o reduce productos robados al máximo, pero que al mismo tiempo genere los mecanismos para certificar especies legalmente adquiridas cuando se han perdidos las boletas y facturas.


lunes, 12 de noviembre de 2012

ESA INDESEADA CLASE POLÍTICA






A raíz de lo sucedido en las últimas elecciones de alcaldes y concejales, en varias entrevistas y artículos de conocidos opinólogos y “expertos”, y también en cartas a los diarios de anónimos ciudadanos, se acusa una vez más a nuestra clase política de tan alta abstención, se habla de una suerte de cansancio, de querer que se vayan todos, de que venga otro sistema sin precisar cuál, sólo que venga.

Lo cierto es que parte importante de la clase política no ha dado muchas muestras de inteligencia ni solidaridad, sabemos y repudiamos el hecho que se suben los sueldos cuando quieren, tampoco dan señales de preocupación genuina por el bienestar colectivo, y ni siquiera les preocupa los muchos millones gastados en las campañas políticas, total al final de la jornada llega un cheque generosamente pagado por todos nosotros.

Es fácil seguir la corriente en este malestar popular, y de paso pensar como un tratamiento antidepresivo que hay culpables de cada una de nuestras desgracias, saber que tenemos que lidiar con fuerzas contrarias en nuestro difícil diario vivir, y entonces nos preparamos para el desprestigio y la crítica mordaz y venenosa, nuestras armas, acusando a este u otro político de cuanto nos ha llegado a nuestros oídos, y por supuesto con cierto acento propio en lo más negativo.

Este nos es un problema nacional, es un problema global, las clases políticas en todos lados están en entredicho. Los casos de nepotismo que conocemos, los casos de clientelismo, los casos de corrupción y de aprovechamiento que revientan en nuestro contexto nacional cada cierto tiempo, ocurren en todas partes del globo.

Si hay algo que aceptar como realidad certera sobre la clase política, es que son tan humanos como nosotros, no son gente perfecta, están llenos de debilidades y carencias y en general sobre ciertas virtudes humanas como la ética y la honradez gran parte de ellos podría marcar niveles mediocres. En definitiva, la clase política es simplemente igual a lo que somos como pueblo y aún más como individuos, con todas las fortalezas y el lastre de la cultura que llevamos a cuesta.

Hace algunos días vi una entrevista que me hizo pensar más allá de mis primeras y viscerales interpretaciones de los hechos políticos cotidianos, lo cierto es que no todos son más de lo mismo, hay gente inserta en la clase política que tienen genuinos deseos de hacer cosas, les interesa su pueblo, quieren mejorar este armatoste robótico que llamamos sistema político y lo hacen en la medida de sus posibilidades, entre toda la masa hay también como en todo, buenos elementos.

Pero quizás lo que me hizo pensar más, es el hecho que cuando un sistema democrático como el nuestro, con todos sus defectos se demuele, digamos, se desintegra porque todos nosotros ayudamos a socavarlo y lo reventamos con nuestras críticas y acciones, ¿entonces que viene?.

La historia nos muestra con una abundante cantidad de evidencia que vienen los “salvadores”, los mesías, los que vienen a rescatarnos de esta clase política, y vienen para quedarse y llevarnos por el buen camino, luego vendrán sus hijos para que sigamos en buenas manos, también viene el culto a la personalidad y sin darnos cuenta perdimos el derecho a voz, perdimos la democracia, que aunque defectuosa, era democracia.

Me parece que es tarea de todos nosotros intentar que nuestra clase política mejore, que lleguen los más capacitados a ciertos niveles de la estructura, quizás los más cultos, líderes sí, pero los más reflexivos, aquellos que tienen la capacidad de decir alguna vez “me equivoqué”. Demonizar a la clase política debe ser lo más fácil del mundo, lo más difícil debe ser intentar reivindicarlos, intentar que mejoren, intentar buscar valores y rescatar lo buenos de ellos, porque sin duda algo habrá. La clase política mejorará en la medida que todos nosotros, en conjunto como sociedad levantemos las banderas de la ética, la honradez, los deseos de ser mejores, porque en realidad - dejando abierta la posibilidad que se trate de una casta que se auto-sostiene y se hermana como dicen los teóricos de la conspiración-, me parece que ellos no son más que el reflejo de lo que somos cada uno de nosotros.

lunes, 24 de septiembre de 2012

VIVIR EN LA “ ENVIDIOPOLIS”






Hace ya algún tiempo escuché a un conocido abogado de la octava región la expresión “La Envidiopolis Penquista”, y claro la palabra llamó mi atención siendo yo un conocedor de los tipos de polis, esta no estaba en mis registros.

Es posible que la “Envidiopolis” como contexto social-urbano la entienda un extranjero cuando se centran los sentidos en ciertas actitudes de parte de sus habitantes, es difícil saber su número o su densidad urbana, pero atendiendo algunas expresiones nacionales como el “chaqueteo”, deben ser bastantes.

Esta peculiar polis tiene un color característico, el verde, el conocido color de la envidia y eso significa la presencia masiva de envidiosos. En algunas reuniones sociales, de amigos, de gente que se junta a conversar o a “pelar” en la terminología más parroquiana, se pueden observar todos los colores del verde, desde unos intensos y concentrados, hasta el más ligero verde nilo algo ya desteñido o más corrido hacia el amarillo.

Es bastante certera la apreciación del abogado sobre la característica humana más incidente en estas polis nacionales, el estimaba que ese era su medio, el contexto urbano donde diariamente se movía, lo comprendo porque yo también vivo y soy afectado por ese ambiente. Al igual que mis conciudadanos el verde a veces me rodea y en ocasiones me detecto yo mismo cierto verdor en las venas que trato de ocultar rápidamente.

No sé porque habremos evolucionado, involucionado o probablemente concentrado en las polis de este país, transformándolas, la hemos teñido de verde, quizás porque estamos en una etapa inmadura del desarrollo, es decir verde, es una buena explicación mirando el estadio de subdesarrollo en que nos encontramos, otros quizás piensen que es un asunto hereditario y probablemente podríamos ser víctimas de nuestro propio ADN. Yo me inclino a pensar que es el resultado de nuestra tendencia ancestral de nivelar hacia abajo, si así fuera, algo se puede hacer.
Sin escabullir el bulto y sólo para darnos un marco de referencia, la evidencia muestra que la envidia es un sentimiento de registro bastante antiguo y probablemente se pierda en la noche de los tiempos, ya Ovidio, el poeta romano en su obra “el arte de amar” decía “la envidia hace parecer más abundante las mieses de los campos ajenos, y más rico en leche el rebaño vecino”.

En otros contextos que suponemos más avanzados este verde sentimiento es referente para mostrar fortalezas, en un reciente discurso un candidato a la presidencia norteamericana lanzaba el slogan, “ Nosotros nos alegramos con el éxito de los otros..”, quizás como buen político intentaba mostrar una cara diferente a la que realmente se tiene, total, aunque el estomago le revuelva cualquiera puede decir que se alegra por los éxitos de otros, y también, por supuesto eso puede ser cierto en esas sociedades, porque al final admirar y aplaudir el éxito ajeno está entre los mejores valores sociales que se pueden exhibir con un alto orgullo, y algunos dicen que también lo encontramos en lo más profundo de la gente bien nacida.
No es buena cosa esto de vivir en la “Envidiopolis” y quizás hayan paliativos para calmar este complicado sentimiento, a mi me parece que se puede insertar algo de paz interior, altruismo, afecto, solidaridad u otro medicamento en cierta etapa temprana de nuestra formación.

Al igual que en otras muchas terapias sociales, el tratamiento debería administrarse con la leche materna o con las canciones de cuna, pero también parece ser cierto que con los juegos inocentes de los jardines infantiles se puede ir despigmentando el verde, así, una mejoría podría venir a partir de los párvulos en la más temprana formación de los futuros chilenos, pienso que un programa en esa dirección sería plata bien gastada.

Quizás sería bueno también, aunque parezca forzado y hasta superfluo, enseñar en todos los niveles a aplaudir los éxitos de los otros, me refiero a los éxitos reales, no aquellos fabricados forzando las reglas y haciendo trampa, pero eso es otro tema, esto tal vez pueda prender en personas sanas como brotes nuevos, como una nueva especie. Si logramos esto podríamos soñar en una sociedad donde la meritocracia se asiente bien, y quizás, sólo quizás porque en estas materias nunca se sabe, seamos algo más felices.

martes, 28 de agosto de 2012

MIEDO, NO TE QUIERO




En estos días llueve sobre la ciudad, y el frio se escurre por cada centímetro de la piel, el invierno nos visita con sus días cortos y noches largas y oscuras. A veces me parece que la lluvia helada tiene algo oculto entre manos con estos fuertes vientos del norte.

Reflexionando en estos días sobre el miedo que sentía de niño por los truenos y relámpagos invernales en el sur, me vienen a la mente recuerdos sombríos, miraba por la ventana el encendido de los relámpagos y luego escuchaba el sonido poderoso de los truenos sobre mi cabeza, el miedo me agitaba, no sabía qué o quién corría salvajemente en los cielos.

Recordando un escritor británico, Aldous Huxley, que dicen que dijo, “El amor ahuyenta el miedo y, recíprocamente el miedo ahuyenta al amor. Y no sólo al amor el miedo expulsa; también a la inteligencia, la bondad, todo pensamiento de belleza y verdad, y sólo queda la desesperación muda; y al final, el miedo llega a expulsar del hombre la humanidad misma”, el frio que invade mi espacio me hace reflexionar sobre estas palabras, sobre el miedo.

Si me acerco reflexivamente a lo que Huxley intenta explicar, se va haciendo una verdad para mí que el miedo que corre libre por todas partes, ha incrementado de manera considerable la deshumanización y ha crecido en su esencia, me parece que hasta la más fortalecida bondad se está retirando de su lado.

Estimo que el miedo es una materia prima que se trabaja, se rearma y re-construye con argumentos que perfilan, o quizás dibujan en el fondo de cualquier declaración o discurso unos parajes siniestros, una realidad horrorosa que amenaza con tragarnos y hacernos sufrir lo indecible, consecuentemente nuestro cerebro primitivo nos enciende todas las luces rojas que puede y nos obliga a tomar la dirección que se nos insinúa como la correcta.

Me parece que los gobiernos, ciertas instituciones, las fuerzas armadas, las iglesias, ciertos grupos políticos, algunos economistas etc., son traficantes del miedo, sin esa esencia finamente trabajada que permea hasta las mentes más inteligentes sencillamente no funcionan, y podrían ser desactivados por la sociedad, o tal vez entren en un proceso de deshidratación, o aún más, posiblemente no sobrevivan.

El diseño del miedo también evoluciona, quizás los argumentos de antaño hoy no funcionen porque algún grado de sapiencia se alcanza en medio de la tontería, pero entonces se reconstruye, o quizás en la tendencia más contemporánea, se amarillea o se vuelve telúrico, trafica con datos científicos tomados fuera de contexto , o posiblemente se levante como profeta en la colina más alta y nos grita a todo pulmón con indecencia grosera que estamos malditos, y que la tierra se acabará porque así está escrito en las piedras y en el cielo.

Traficar con el miedo es mantenerse muy activo en una serie de tareas, en principio levantar y mantener vivo un enemigo voraz, sanguinario y en lo posible no humano, no vaya a ser que en el enfrentamiento con nuestros iguales nos baje algo de humanidad. Algunos se auto- designan vocero de las fuerzas buenas que sugieren los caminos a seguir para escapar de la destrucción que viene detrás de ellos.

El miedo nos quita la dignidad y derechos que hemos heredados de generaciones de cobardes anteriores y que tuvieron su momento de valentía, y en ello se les fue la vida. Intentemos nosotros, cobardes contemporáneos al menos no colaborar en el dibujo del plano de horrores que se acerca si no optamos por la alternativa correcta (muy común entre los políticos), intentemos al menos no proyectar cifras negras que nos conducen a un mundo de descontrol, dudemos al menos de quien nos dice que estamos hechos de fibras de maldad, o por lo menos no traspasemos a otros las caricaturas monstruosas que circulan sobre nuestro exterminio.

lunes, 20 de agosto de 2012

LOS DOLORES QUE VIENEN DEL BYRON





Lord Byron fue un destacado poeta inglés, un romántico y decididamente vividor, viajero y dicen que luchó por los buenos, como en el caso de la independencia de Grecia del imperio Otomano.

Sucede que nosotros, chilenos, también tenemos un Byron, pero nuestro Byron es bastante diferente, es un aventajado por cuanto apenas bordea los 11 años y ha logrado titulares en la prensa y es motivo de sesudas discusiones. El problema es que este Byron, el nuestro, muy tempranamente está luchando por los malos.

Byron A.H.M, a quien nos referimos viene a representar cierto dolor interno, uterino, profundo que siente nuestra sociedad, la cual se encuentra entre la espada y la pared en un escenario que ha ido alcanzando niveles cada vez más altos de violencia, y por supuesto niveles más alto de dolor.

La notoriedad de nuestro Byron despegó cuando junto a otros dos menores de 14 años entraron a robar a una vivienda habitada, con el vehículo robado que llegaron huyeron, pero se encontraron por mala fortuna con Carabineros, luego de una corta persecución chocaron con el auto de una profesora de 53 años quien falleció en el lugar. Luego de unos cuatro meses, el Byron es detenido de nuevo, esta vez robando otro domicilio.

El prontuario del niño es extenso y se empieza a escribir cuando tiene apenas unos siete años, hoy día con once años y una veintena de detenciones es todo un record, al parecer su especialidad o su gusto personal es asaltar casas, y claro, aún está en entrenamiento de básica en esas materias y por ello probablemente registra tantas detenciones, por lo tanto es de esperar que vaya mejorando sus técnicas, mejore la búsqueda de sus objetivos y por supuesto, aumente su grado de violencia, ello implicará en el corto plazo que tendremos un avezado delincuente y aún sin alcanzar la mayoría de edad, esa condición le da en Chile al Byron una licencia para matar.

Como sociedad nos estamos acostumbrando a escuchar actos de violencia realizados por menores de edad que asumimos como niños, o por lo que nuestra mente nos dice que son niños, y es entonces cuando entramos en la contradicción vital, una contradicción entre nuestro deseo de proteger la inocencia de la niñez, quizás recordando nuestra propia niñez o la nuestros hijos, y el dolor que nos causa la destrucción y muerte que en casos como el Byron nos nuestra una niñez diferente.

Me parece que el entorno del Byron le destruyó su niñez, aniquiló su inocencia y construyó un mundo de violencia y desamor en su mente, un mundo extraño, animal. El entorno del Byron ciertamente son sus padres y hermanos, y dados los indicios que muestra el caso se trata de una familia disfuncional, una familia que no pudo, no quiso o no tenía los medios y las condiciones para trasmitir valores, para querer a sus hijos y ayudarles a imaginar un mejor futuro.

Pero en esta historia hay más, el entorno del Byron lo constituyen más personas e instituciones, el entorno en realidad lo constituimos todos, quienes aprobaron la legislación penal actual, quienes realizaron acciones para que exista un contexto urbano como Santa Julia en Macul, los amigos que le mostraron al Byron la parte oscura de la vida, los tribunales que le han dado señales inequívocas sobre el cómo opera la impunidad, el periodismo criollo que tradicionalmente busca intrincadas justificaciones para estos casos, los gobiernos insensibles e incapaces de hacer actuaciones de prevención, los gurúes que destruyen con argumentos verborreicos los valores de las sociedades, ciertos “especialistas” conductuales que justifican la delincuencia, en fin, como vivimos en una sociedad democrática, todos nosotros.

En las condiciones actuales hay una sensación de impunidad dolorosa, una falta de humanidad con las víctimas, con quienes sufren no sólo la pérdida de intimidad y bienes, sino a quienes se les arranca la vida, se mueren, se aniquila el ser, ya no están con nosotros, y con ello se impregna de dolor la sociedad entera.

Quien quiere a sus hijos los disciplina en su niñez, junto con saludarles y premiarles sus logros, aplica castigo cuando hay daños a terceros por una acción vandálica en la que se tenga certeza de su participación, los más severos aplicaran unos cuantos correazos, los más benevolentes les negarán la internet o la televisión, o quizás aplicarán una tarea obligada, pero el niño siempre sabe que cuando actúa mal, hay un resultado de su accionar, no hay impunidad.

Pienso que el Byron y otros menores que delinquen y en especial quienes son causante de hechos de sangre y violencia merecen un castigo, un castigo duro, y la sociedad aunque le duela el alma debe aplicarlo. También pienso que esos menores se pueden recuperar, pero no sin antes estar claro que deben purgar una pena. Si hay humanismo real, comprometido y no ese humanismo ideologizado, perverso y para la galería habrá también voluntad y tiempo para reeducarlos, enseñarles valores y sobre todo el respeto a la vida, quizás después de ver lo bella que esta es, respeten la vida de otros y también la suya.

Hay además una tarea pendiente con los padres de esos menores, un debate fuerte y sincero, hoy se va haciendo una moda hacer hijos y tirarlos a la calle, hacerlos carne de sus propios fracasos e irresponsabilidad y endosárselos al Estado, personas u organizaciones para que los crie, alimente y les den educación mientras se sigue en la borrachera en que han trasformado sus vidas.

Creo que es hora de dejar de escuchar a iluminados, gurúes y ciertos “especialistas” conductuales que intentan socavar el principio de justicia, creo que este es imperecedero, forma parte de los logros humanos y sobre el cual descansa toda nuestra tranquilidad, desarrollo y evolución, no sólo como personas con derechos y obligaciones sino que como conjunto de individuos que se cuidan unos con otros, la impunidad en ese orden de cosas es una receta amarga.